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Hemos hablado mucho sobre los dioses olímpicos y los hermanos de Zeus. Hemos trazados las guerras generacionales entre las diferentes dinastías y cómo Zeus conseguía hacerse con el poder, rompiendo con la condena que caía sobre sus hombros. Hoy hablaremos del último de los hermanos olímpicos (Hades, dios del Inframundo griego) y sobre cómo se entendían conceptos tan abstractos como la muerte, la reencarnación y la residencia de los muertos.

1. Hades, el dios de los muertos

Si escuchaste el capítulo pasado sobre cómo los hermanos vencen a su padre y titán Cronos, sabes que tras la victoria los tres únicos varones se repartieron el mundo: para Zeus fue el cielo y la tierra; para Poseidón, los mares y los océanos; y para Hades, el Inframundo.

A diferencia del resto de dioses olímpicos, Hades vivió apartado de los asuntos de los vivos. Como soberano de los muertos, era descrito como una divinidad grave y lúgubre, tanto en su carácter como en sus funciones. Estas eran muy semejantes a las de un carcelero: se aseguraba de que los muertos que entraban en su reino nunca escaparan y volvieran a ver la luz del sol. A pesar de que el Inframundo griego contaba con un espacio de castigo eterno para aquellos que osaran enfurecer a los dioses, Hades no es entendido como un enemigo de la raza humana. Se trata de un dios terrible, pero no malvado.

Escultura de Hades sosteniendo a Cerbero

Recibió innumerables nombres, lo que se entiende como una forma de evitar un mal augurio al nombrar al dios de la muerte. Hades es la más conocida y extendida, pero también se empleó Aïdes («el que no es visible»), Plouton («el que concede riquezas») o Polydektes («anfitrión de muchos»). Igual que hacían con el nombre del dios, empleaban diferentes eufemismos para referirse a la muerte o a la persona fallecida, muchos de ellos semejantes a los nuestros: el que se ha ido o el bienaventurado son algunos ejemplos.

Igual que sucedía con Poseidón, se ha entendido a Hades como otra de las caras de Zeus. Del mismo modo que su hermano era el Zeus de los océanos, Hades adquiere la connotación del Zeus de los Infiernos o, directamente, el otro Zeus. Esto no era debido a las inclinaciones que sí compartían Poseidón y Zeus en cuanto a sus cuitas amorosas, sino como reafirmación de la autoridad de Hades en su propio campo.

Como esbozamos también en el capítulo anterior sobre el rapto de Perséfone, Hades compartirá su trono, funciones y deberes con su esposa Perséfone. Esta divinidad femenina adquirirá un rol activo en cuanto a las decisiones que se toman en el Inframundo griego, compartiendo con su marido también los rasgos de ser una diosa severamente justa e inexorable en la realización de sus tareas.

Posteriormente, cuando los romanos tomaron el imaginario griego como propio, puesto que no tenían un dios de la muerte propio (o lo olvidaron), tomaron el nombre griego Plouton, que latinizaron como Pluto. El nombre de su esposa varió ligeramente y acabó como Proserpina. Además, pronto tradujeron uno de los muchos nombres para referirse a Hades como Dis, la forma contraída de la palabra latina dives (riqueza). Y es que esta divinidad del subsuelo no solo era la encargada de recoger las almas de los muertos, sino también el que ofrecía regalos tales como piedras preciosas o, incluso, ayudaba en la fertilización de los cultivos. No en vano su mujer era también una de las diosas de la agricultura.

2. El inframundo griego

2.1. La tierra de los muertos

Pero, ¿qué es el Inframundo? En muchas ocasiones, te encontrarás que se refieren a él también por el nombre de Hades. Esto se debe a que en griego con solo añadir la desinencia de genitivo se convertía en un complemento de nombre y, por lo tanto, se empleaba también para decir «El reino de Hades». Para no enredarnos más de lo necesario, me referiré al reino del dios de los muertos como el Inframundo o los Infiernos.

Normalmente, se entendía que el Inframundo se encontraba bajo tierra. Aunque, en algunas versiones, se situaba en los confines occidentales, donde el sol y otros cuerpos celestiales descienden. Sin embargo, suelen ser dos visiones que se encuentran conciliadas. En la mayoría de epopeyas, cuando nos relatan la muerte de un personaje, su alma se desvanece bajo tierra como si fuese humo. Más adelante hablaremos sobre el camino de los muertos hacia el más allá.

A pesar de que lo más general era que todas las almas viajaban hacia el más allá sin necesidad de un espacio concreto, diferentes pueblos afirmaban poseer una cueva, grieta o lago en su región que se comunicaba con los Infiernos. Es a través de estos que los vivos podían descender hasta el Inframundo. Este es el caso de héroes tales como Heracles, Teseo y Orfeo.

La residencia de los muertos es representada normalmente como una tierra tenebrosa que contiene praderas de asfódelos y arboledas y colinas, así como otros elementos del paisaje convencional. Además de esto, el Inframundo griego se encontraba custodiados por unas grandes puertas que vigilaba Cerbero, el perro del infierno: un cánido gigante de tres cabezas cuya misión era impedir la entrada de los vivos (aunque se apaciguaba lanzándole un pastel de miel) y la salida de los muertos.

2.2. Los ríos infernales

Sin embargo, los elementos más característicos del Infierno griego son sus ríos.

El Estigia, también denominado «el Detestable», fue el más representativo del Inframundo griego; tanto que muchas veces se empleaba su nombre para designar todo el reino de los muertos. Corrían muchas leyendas sobre las aguas de este río que, además, tenía su equiparación en la tierra, pues se creía que se encontraba en Arcadia. Se decía que los dioses juraban tomando sus aguas como testigo, que cualquiera que bebiera de sus aguas moriría y que tenía el poder de disolver o corromper casi todo, incluido el cristal, el ágata e incluso la cerámica. Tanto es su poder en el imaginario griego que una leyenda cuenta que Alejandro Magno fue envenenado con agua de la Estigia.

«El paso de la laguna Estigia» de Patinir

El Aqueronte, también denominado «el Afligido» también tenía su correspondencia en el mundo terrenal y poseía un oráculo cerca de él. También se encontraba en los Infiernos el Cocito, afluyente del Estigia, y que recibía el sobrenombre de «el río de la Lamentación». Otro con una gran carga conceptual fue el Piriflegetone o Flegetone, el Ardiente. Su nombre no tiene nada que ver con los fuegos del castigo, de connotación posterior, sino que hace referencia a las llamas de la pira funeraria.

Por último, contamos con un último río mencionado por primera vez por Platón: el Leteo, el río del Olvido. De sus aguas bebían las almas para olvidar toda su vida anterior y permanece en paz y en el calma en los Infiernos. Para aquellos que creyeran en la reencarnación, se trataba de la explicación de por qué no se recordaban vidas pasadas. Es más, se han encontrado instrucciones en tumbas de la época para evitar que el alma beba de estas agua y así poder reencarnarse con todos los conocimientos adquiridos de sus anteriores vidas. Al igual que la mayoría de ríos infernales, este también tenía una correspondencia con ríos del mundo terrenal de los cuales los griegos evitaban beber.

2.3. El paso de los muertos al mundo subterráneo

Ahora que ya tenemos más o menos descrito el mundo de los muertos, cabe hablar sobre cómo conseguían las almas traspasar la frontera entre el mundo terrenal y el sub-mundo. Por mucho que existía la creencia que el alma se colaba por las grietas de la tierra hasta el Inframundo griego, no era tan fácil como eso.

Como pasa con la mayoría de mitos y leyendas antiguas, existen diferentes versiones que se van sobreescribiendo una sobre la anterior, por lo que es difícil tener una aproximación exacta de lo que se creía en Grecia, pues parece que la concepción de este paso al más allá fue variando con el paso del tiempo.

En un primer lugar, esta transformación del alma en humo las conducía directamente a los Infiernos. Aunque sobre las almas recaía una condición indispensable para poder cruzar la tierra de los muertos: que su cuerpo haya recibido un signo sepulcro. Encontramos, de hecho, varios personajes que reprochan a los héroes de varias epopeyas no haber encontrado el descanso eterno por culpa de ello.

«Las almas de Acheron» de Adolf Hiremy Hirschl

Más adelante, aparecen varias figuras que tomarán el papel de psychopomptos, guía de las almas. El primero de ellos es Hermes, el dios de los mensajeros y siempre relacionado con los límites y su trasgresión. No es extraño, de hecho, que también se ocupe de ayudar a traspasar el último límite de cualquier vida. De hecho, a lo largo de la mitología vemos como es un poco de los pocos personajes, mortales e inmortales, que traspasan sin demasiada dificultad el mundo de los muertos para llevar a cabo otra de sus facetas: la de mensajero. Sin embargo, Hermes no conduce las almas a su morada definitiva, sino que las lleva hasta el límite con la tierra de los muertos y deja que Caronte, el barquero, las conduzca a través de la frontera final.

En la imágenes más antiguas, Caronte aparece casi siempre representado como un hombre increíblemente viejo y de apariencia vulgar. Con el paso del tiempo, se le retrata más feo y escuálido. No se le reconoce ninguna genealogía sobre él, es por eso que ha sido considerado un daimon o divinidad menor. Su deber es asegurarse de que solo se permita pasar al mundo de los muertos a los que estén debidamente cualificados. Tanto es así que su único mito cuenta el castigo que recibió tras llevar en su barca a Heracles vivo. Puesto que Caronte espera ser compensado por su servicio, a los muertos se los enterraba con una pequeña moneda den su boca, el óbolo de Caronte.

2.4. La concepción de la muerte y de las almas humanas

Los espíritus que habitaban los Infiernos eran entendidas como sombras de hombres y mujeres, carentes de lo más esencial que se necesita para una auténtica vida plena. Todo lo que se entendía que sobrevivía a la muerte de una persona era la psiche o alma-aliento, que parte del cuerpo en el momento de la muerte y va al encuentro de los muertos.

Sin embargo, tenemos que apartar de nuestra mente la idea platónico-cristiana de alma moderna. Homero nunca utiliza el término en relación con la funciones mentales de los vivos, sino que se refiere al conjunto de facultades que dependen del curpo en vida para llevar a cabo su actividad: el thymos, una especie de alma vital o centro afectivo, la noos o entendimiento, y el phren, literalmente el diafragma. La psiche es entendida como el aliento de partida y el espectro que toma posesión como continuación del ser de la persona muerta. Es tan insustancial como el aliento o el humo, pero se asemeja a la persona en su apariencia exterior, por lo que puede considerarse un doble suyo.

Sobre el tema del nivel de consciencia de estos espectros, la épica homérica no es coherente puesto que en algunos casos se sugiere que carecen por completo de inteligencia, mientras que en otros momentos parecen poseer alguna forma de vida consciente, y de ese modo son capaces de aceptar las ofrendas de Odiseo, por ejemplo. En general, se ven en estos espíritus pequeños atisbos de inteligencia, nada comparables a la de los humanos vivos, pero que aún poseen una sombra de consciencia atenuada, pues son capaces de formar una sociedad y de comunicarse entre ellas.

3. Celebrar y honrar la muerte en Grecia

Hasta aquí hemos hablado sobre cómo se entendía la muerte y qué papel tenían los dioses en el devenir de las almas humanas. Pero nos falta ver cómo celebraban o honraban la muerte nuestro antepasados. O, en otras palabras, como vivían los vivos el hecho de que un ser querido partía hacia el Inframundo griego.

Representación en una cerámica de la ekphorá

Después de la muerte, el cuerpo era lavado, cubierto con ungüentos y vestido por las mujeres de la casa. De esta forma, se preparaba el primer rito funerario: la próthesis: la exposición pública del cuerpo, rodeado de su familia, que lo lloraba. Era habitual, de hecho, contratar a plañideras, mujeres que lloraban al muerto a cambio de una compensación. Esta actividad se llevaba al cabo, al menos, durante un día.

El segundo rito que seguía a este era el ekphorá. Se trataba de una procesión nocturna hasta el lugar de descanso del fallecido. Era el momento en el que la familia hacia ostentación de sus riquezas, poder y posición social. La procesión terminaba en el lugar del enterramiento o la quema del cuerpo. Y esto depende mucho de la época. En un inicio, lo habitual eran los entierros colectivos, normalmente a las afueras de la ciudad, tras las murallas. Sin embargo, a partir de 1200 aC se difunde la costumbre de las tumbas individuales y la incineración, siendo estas últimas las más habituales.

Concluido el ekphorá, se llevaba a cabo la incineración o entierro. En ambos casos, se ofrecía un ajuar que dependía de la riqueza y posición del fallecido y del género (aunque sobre esto último se siguen haciendo investigaciones para evitar sesgos actuales). Además, también se ofrecían sacrificios y libaciones a los dioses. El acto concluía con los banquetes fúnebres, originariamente junto a las mismas rumbas, así como la celebración de los juegos fúnebres.

El luto duraba alrededor de los treinta días y se cerraba con otro banquete fúnebre, aunque no concluía el culto al muerto. Como mínimo este culto a los muertos duraba una generación entera, ya que era habitual en diferentes festividades rendirle culto a los antepasados familiares.


Y eso es todo por hoy. Me he quedado con mucha tinta en el tintero. Como sabes, son varios los héroes que han estado en el Inframundo griego, algunos lo suficientemente hábiles como para salir de él, otros aún cumplen condena en él. En el próximo capítulo mitológico te hablaré de ellos y otros seres que habitan los Infiernos griegos.

Cuéntame, ¿conocías lo que esconde el inframundo griego?



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2 comentarios sobre “Hades y el inframundo griego”

  1. Lo he escuchado en el podcast y me ha encantado :O
    Conocía algunas cosas sobre el tema, y la mayoría eran de forma muy escueta o mal explicadas.
    Y me encantaría ver algún post o podcast (en este caso escuchar) sobre la filosofía griega en cuanto al origen de la vida, la muerte, etc. Creo que podría ser muy interesante.

    Un saludo.

    1. ¡Muchas gracias! Sobre el Inframundo hay mucho que decir, por eso he tenido que dividirlo en dos para no hacerlo demasiado corto jaja

      Me apunto la idea sobre la filosofía griega, ¡creo que va tocar desempolvar mis apuntes!

      Gracias por el comentario, ¡un abrazo!

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